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Columna por Giovanna Lanzarini

En la actualidad existe un crecimiento en la publicación de libros infantiles: libros ilustrados, álbumes, didácticos, pop-up, entre otros formatos, que invitan a soñar y viajar a través de la imaginación y la fantasía.

Ahora bien, la literatura infantil ha evolucionado y se ha liberado de concepciones adultocéntricas, de su función pedagógica y moralizante, donde su objetivo final era adoctrinar a los niños y niñas para obedecer y aprender el bien. En lo personal, me gusta ese cambio, porque la infancia no es el mundo de Bilz y Pap. Es más, recordemos nuestra infancia: estoy segura de que la mayoría pasó por alguna situación que los marcó y es muy positivo que la literatura se abra y trate temáticas complejas y difíciles de abordar.

Para mí, los buenos textos infantiles son aquellos que poseen finales abiertos, que permiten múltiples lecturas, son transgresores e inteligentes y despiertan la imaginación, los cuestionamientos y la reflexión por parte de los niños y niñas. 

Varios autores han sabido leer la infancia, su comportamiento, forma de pensar y han dejado de verla como un mundo idealizado al estilo Disney, con finales “felices para siempre”, atreviéndose a navegar en temas complejos como la muerte, violencia intrafamiliar, la desigualdad, entre otras temáticas.

Sin duda como madres y padres queremos evitar todo tipo de dolor y sufrimiento en nuestros hijos/as. Ojalá nunca, en su infancia, tengan que lidiar con la pérdida de un ser querido/a, de su mascota, de un amigo/a. Sin embargo, la muerte vive entre nosotros/as, es parte de la vida y como cultura occidental es un tema tabú o tratamos de no hablar de ella. A mí, personalmente me aterra pensar en ella. Imagino que llega a buscarnos, borracha, como dicen los versos de Nicanor Parra.

Lo bueno: encontré una cierta paz desde la literatura infantil para poder convivir y hablar de la muerte con tranquilidad como un proceso inherente y natural de nuestra condición humana.

Uno de los libros más bonitos, lleno de símbolos y profundo que he leído en tiempos de penas, escasez de sueños, miedos sobre la muerte o de dificultades, ha sido “Vivo”, de Andrea Franco. Es un libro álbum donde destacan las hermosas ilustraciones que te invitan a viajar a un mundo onírico lleno de colores que van marcando la vida, el respiro, la alegría de disfrutar que todo está vivo, sin embargo, de un día para otro todo puede cambiar y el color y el peso narrativo de las imágenes lo hacen notar.

La forma de trabajar texto e imágenes permiten realizar una lectura amena, conciliadora con la muerte, con los duelos y pérdidas. Es una invitación a vivir los procesos que nos desgarran como parte de la vida. Se hace latente el ciclo natural, esa idea que después de la tormenta vuelve a salir el sol, y de darle tiempo al tiempo. Existe una cuidada interrelación entre el texto y las ilustraciones que permiten realizar múltiples lecturas, donde muchas veces lloro emocionada, me río o simplemente respiro y vuelvo a tener esperanzas.

Como mediadora de lectura, he trabajado “Vivo” con niños y niñas desde el diálogo, y de verdad, son impresionantes las reflexiones y lecturas que realizan, dejándome tremendas enseñanzas. Sin duda, los niños y niñas son maestros que nos vienen a enseñar a ser mejores personas.

Los invito a leer Vivo, a mediarlo de forma reflexiva con niños/as y adultos/as, porque cada vez que lo hagan, van a surgir nuevas lecturas para su alma, su propia infancia, para respirar y disfrutar la vida.

Giovanna Lanzarini
Mediadora de Lectura
Magíster en Historia PUCV