El uniforme de la discriminación

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Columna por Ivonne Coñuecar

Comienzas a usar el uniforme de las categorías y de la discriminación desde la infancia y aunque ese gesto, aparentemente inocuo, pareciera dejarnos en un espacio común y aséptico, no puede contra las individualidades.

Nunca me golpearon por ser lesbiana. Me han insultado, se han reído, y quizás he resistido dentro del “promedio” de la violencia que vivimos las personas LGBT. Son esas pequeñas marcas que se acumulan y permanecen en la reflexión de una sociedad que expulsa, que nos quiere con uniforme aún cuando hemos puesto el cuerpo para reivindicar nuestros derechos y dejar atrás esa permanente sensación de ser la mosca en la sopa de las familias, cuerpos cuestionados legal y socialmente, o sujetos de caridad y exhibición, en la torpeza social de intentar hacerse cargo de la diferencia, sin dejar que simplemente se exprese. Vivamos.

La formalidad del sistema educativo no colabora, su rigidez, moral y plan de enseñanza excluye a quienes considera diferentes o no funcionales. La historia se invisibiliza, se entregan contenidos con una escasa o nula retroalimentación, se trabaja desde la idea de que las notas y la obediencia conducen al éxito. Toda esa experiencia también va dejando marcas por la presión de esa normalidad, a la que -paradójicamente- nadie pertenece sino en una construcción de masa. Yo soy parte de la diferencia, nunca pude acostumbrarme al uniforme escolar, que no es solo un asunto visual y sobrepasa su propia intención de orden e higiene, es la carencia de espacio para el desarrollo de la identidad y la falsa ilusión de que somos todos iguales; la moral, la religión y el exitismo establecidos como prácticas inocuas en sintonía, la idea de la educación de excelencia se traspasa de generación en generación instalándose la culpa como lugar de control, porque hay otros con expectativas que presionan para que no te quites el uniforme. No hay educación de excelencia, hay herramientas, hay contenidos, hay intereses, hay docencia, hay contexto. Yo era del montón. Mis notas eran del montón. Seguí otro camino, tuve la intuición de que en los libros de mi biblioteca había un lugar para mi, un lugar de imaginación, sin uniforme. Leí. Escribí. Experimenté. No creo en el éxito, no creo en el fracaso, sino en las experiencias y en el goce de estas como conductoras a un espacio de plenitud. Aun así, también me dejé atrapar por el sistema, negocié discriminaciones y prácticas institucionales patriarcales y homofóbicas, hasta que me vi acorralada, con un cuerpo que aún vestía un uniforme simbólico, aun cuando ya hacía más de quince años que había salido del clóset, en un episodio brutal, extorsionada y con rabia. Era eso o el suicidio. Luché por mi vida, pero no podía ver un panorama donde la población LGBT no tuviera que resistir, que no recaigan en nuestros modos, en nuestros cuerpos, que no se les note la incomodidad al preguntar, porque nos querían afuera, que no hablemos, que no hagamos, que no nos vean; luego, la resistencia a la cosificación e hipersexualización, y a esa tolerancia desde la caridad que se confunde con la buena onda, y esa tendencia a homogeneizar la transversalidad, a hacerla funcional, diluir el drama, instalarnos, devolvernos, pero no se modifica la memoria en esta política de las carencias. El registró está. La educación demonizó la sexualidad, nos privó del goce y privilegió ponernos en la línea de producción. Hay generaciones creciendo en el bullying, en el silencio y la vergüenza porque no les queda el uniforme, “Hay tantos niños que van a nacer / Con una alita rota” (Lemebel).

El lenguaje es el territorio, pero olvidamos nombrar en la dimensión que corresponde, que un terremoto no es un temblor, que una dictadura no es un pronunciamiento ni un régimen militar, que la transición no fue un baluarte de los derechos humanos, que nos creció a todos la “medida de lo posible”, y no hubo retorno de los bienes públicos extirpados por la dictadura, nos acostumbramos a la mercantilización de nuestras vidas.

Nos encontramos en permanente resistencia habitando un período en que se utiliza el concepto de sentido común para relativizar violencias contra los cuerpos diferentes, contra todo lo que no encaje en la nostalgia conservadora. Se discrimina a inmigrantes, a mapuche, a negros, a cuerpos gordos, a lo que no caben en el uniforme escolar. El neoliberalismo y su apostolado de libertad nos ha conducido a ser masa y exige que retiren pronto al muerto de las vías del metro. En nuestra chilena idiosincrasia las ideas y reivindicaciones se diluyen en burla, en una conclusión vacía, en la falta de diálogo, en pobres luchas menores por una cuota de poder, en bloqueo, porque el uniforme nos enseñó que los derechos se compran. A fin de cuentas, está la promesa de que uno es mejor que otro. Desaparecemos por la violencia, por el silencio. El cuerpo resiste a esa impermeabilidad simbólica donde se acaba el lugar, el diálogo, la ternura. Pero nos convoca la felicidad, formar familias, nuestros derechos humanos, la plenitud. Que habitemos no es esa medida de lo posible del “yo también tengo una amiga lesbiana”, o la incontestable y siempre prejuiciosa “yo no tengo nada en contra de…” (aquí puede haber un mapuche, un negro, un migrante, un homosexual, un trans, cualquier cuerpo que no se parezca al uniforme). La comunidad LGBT no necesita gestos compasivos, queremos dignidad, que exista una educación que hable de diversidad, de la soberanía sobre nuestros cuerpos como primera condición para experimentar el goce, que las experiencias signifiquen y no se repriman, una educación que se piense desde otros lugares, porque el amor no se evita ni se enseña, no es cliché ni heterosexual. Y que al fin nos quitemos el uniforme.

Ivonne Coñuecar

Escritora y Periodista